Los motivos. Maxi Rossini y Fabiana Imola*

Curadora: Ángeles Ascúa

La definición de familia sentencia: grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas, vinculadas por ascendencia, descendencia, colateral o afines a un linaje. De características comunes, estos miembros conforman lo que alguien una vez nombró como la “Rosario sensible”. Es que los artistas que engendra esa ciudad comparten algunas cualidades muy singulares, un conjunto de evidencias que configuran su talante. De mis preferidas son su vocación historicista y la interdependencia: ellos se ocupan de escribir y revisar su memoria en la que se proyectan junto a sus antepasados. Conscientes de que la comunidad no sólo es la comunicación íntima de sus miembros entre ellos sino también la comunión orgánica de sí misma con su propia esencia, a diferencia de otras regiones, los autores rosarinos son muy fans de sus precedentes a los que recurren cotidianamente. Por eso el arte rosarino goza de una conciencia de localización, su forma de hacer y manera de ser se conjugan en el modo que adoptan para la visibilidad en un espacio de atracción. Al modo del filósofo alemán que considera a la tierra como ese lugar en el que todo lo naciente vuelve a albergarse, dicha sensibilidad se aloja y fomenta en el corazón o en la mente de sus oriundos.

Nuestra exposición podría ser nombrada dentro de los múltiples epítetos que los teóricos del arte le otorgaron a este tipo de procedimientos, sin embargo ninguno de ellos da cuenta de la operación. Porque más que tratarse de una operación, ésta es una muestra de amor.

Maxi Rossini (Leones, 1978) dice que su coterránea Fabiana Imola (Rosario, 1967) le había contado una vez de una obra que había realizado en los años noventa con flores frescas otras disecadas, también semillas. Esas obras no fueron exhibidas más allá de una ocasión en 1995, sobre las que Guillermo Fantoni testifica: “(...) en una pequeña habitación rodeada de ventanales, se exhibía una impactante composición floral erguida sobre una columna de acrílico transparente y desarrollada delante de un plano inclinado de tul —una tela que con su textura blanquecina tamizaba las luces de la sala y velaba a la mirada la arquitectura del fondo—. De esta manera, la escultura de exóticas flores rojas y sugestivos follajes, resultaba no sólo insólita en el contexto de la plástica de la época sino premonitoria considerando las realizaciones posteriores de la artista.”

Maxi llegó a Rosario en 1998 para estudiar Bellas Artes, sugerentemente, el mismo año en el que fueron gestados varios de estos trabajos de Fabiana. Pasaron unos años más para que se conocieran en el legendario espacio El Levante coordinado por Graciela Carnevale y Mauro Machado. A pesar de las múltiples reuniones que cobijaron a Imola y a Rossini entre bailes, río abierto, bagna caudas y desfiles; Maxi nunca había tenido la oportunidad de ver en vivo esas experiencias tempranas de la autora que luego se reformularían en el imaginario silvestre que caracteriza su obra hasta la actualidad. Maxi evocó por mucho tiempo esos arreglos en popurrí de Fabiana que hoy comparte con nosotros en esta exposición: ¿Eran flores frescas? ¿Se iban secando en el tiempo que duraba la muestra? Hoy pretende iluminar dicha sección oculta de su referente para mostrarla junto a su obra, tejerla y enramarla. Esas imágenes se emparentan con las piezas de su autoría comprendidas en la serie Dibujo para no extrañar cuyos motivos son similares. Estos dibujos retratan motivos florales realizados en papel de alta calidad con marcadores rotring o lápices duros. Se caracterizan por la minuciosidad de la labor, saturados de detalles y elegancia. Son flores esbeltas de una raza imaginada reunidas en ramos enormes engarzados en pequeños floreros desproporcionados. Existe algo performático en estos dibujos, como un estado mental. El autor los realiza filamento a filamento, con paciencia continúa por los tallos, los brotes, las hojas y las flores, frutos, semillas, todos con una intensidad sostenida. En esa frecuencia uniforme pareciera que aspira alcanzar una disposición de liberación meditativa, ese momento de ausencia total de dolor y de deseo -no extrañar- nirvana. Hace unos años, por el 2012 creo que fue, Maxi empezó a practicar yoga. Adquirió una gracia impresionante. Cada dos por tres buscó un video en Instagram en el que se lo ve casi levitando. Me gusta mostrárselo a mis conocidos con orgullo. Después de llegar a ese nivel, abandonó la práctica. Un maestro me enseñó que el arte tiene que ver con eso. Bajo su paradigma, el artista nos toma de la mano, nos hace atravesar un monte tupido y cuando llegamos a un haz de luz, nos suelta la mano.

 

 

Ángeles Ascúa

*Gentileza galería Del Infinito

Uriarte 1373 | CP 1414 I Palermo I Ciudad de Buenos Aires, Argentina.
Lun. a Sáb. de 14 a 19 hs | +54 (11) 4774 6656 | info@gachiprieto.com

  • Facebook
  • Instagram