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Lo que no puede dividirse

Sabrina Merayo Nuñez

06.07.24 - 16.08.24

LO QUE NO PUEDE DIVIDIRSE 

Sabrina Merayo Nuñez

INAUGURACIÓN - SÁBADO 6 DE JULIO - 16H

Conversando con Sabrina y recorriendo su espacio de trabajo, ese escritorio de relojera de la naturaleza que montó en Escobar antes de traer todo a la sala, me di cuenta que por suerte sigue existiendo la curiosidad. Esto quiere decir que sigue existiendo el arte. Así, en cada dimensión de la vida cotidiana, en cada faceta de lo que hay, hay arte. El arte de cambiar de tema, el arte de discutir, el arte de vivir, el arte de tomar taxis, el arte de servir un almuerzo, el arte de amar, el arte de aplaudir... y el arte de la ciencia. La ciencia, a diferencia del arte, se maneja con protocolos, metodologías formalizadas, jergas inquebrantables, paradigmas de los que partir para llegar quién sabe a dónde, herramientas de precisión y procedimientos que se orientan a través de un camino con pasos, destinos y conclusiones que se nutren del pasado de las conclusiones para dar con esa palabra tan extraña: progreso. En el arte no hay progreso más que nada porque siempre tiene una pata afuera de toda esta concatenación de características que acabo de nombrar. El arte está para romper el castillo de cartas de la ingenuidad civilizatoria, lo demás es sistema, industria, reproducción normalizada de la vida alienada ¿Pero puede haber un arte que se inspire en la ciencia? Claro que sí, esa actitud es por lo menos renacentista. ¿Y puede haber una ciencia que se estimule con las tentaciones del arte? Claro que sí, sin los propósitos díscolos no habría descubrimientos, hay un arrojo de artista en todo científico, una pulsión artística de saber. 

 

En los trabajos de Sabrina se notan desde siempre estas relaciones imantantes y conflictivas entre arte y ciencia. Árboles, maderas, mecanismos, funcionalidades, formas gratuitas, hongos, yuyos, secretos arrinconados en micropartes de micropartes y una insistencia ejemplar en lo que hay detrás de lo que se ve. Investiga las maneras en que puede transformarse la naturaleza volviéndola otra cosa. Dato, objeto y obra de arte son aspectos para decir lo mismo cuando recorramos esta exhibición, que se recorre conversando con la luz y con el espacio. Me acuerdo ahora que Adorno citaba, para explicar que la verdad solo brilla por un momento, relampaguee y se va, una frase de Goethe: “condenados a ver lo iluminado y no la luz”. Es como si el arte preparase el terreno para una verdad que él mismo se encarga de demostrar que no sabemos de dónde viene ni hacia dónde se nos va. 

 

Sabrina tiene unas inquietudes siempre superpuestas, como un coro psicodélico de ocurrencias que se compone de muchas mini vocecitas que provienen tanto de lo más profundo del ancestro inexplicable natural que hay en todo lo viviente, como de los espíritus más asépticos del lenguaje sofisticado de la biología, la química o la botánica. Sabe que en el fondo las cosas no pueden dividirse, pero no es que crea en la totalidad. Trabaja más bien con la sinfonía de las partes, con los circuitos y las funciones. Como una estructuralista, descompone para narrar y narra para saber. 

 

Sabrina trabaja en un teatro en la ciudad donde vive, que no es Buenos Aires. Maquilla, hace máscaras, prótesis y elementos pertinentes para la transformación de los personajes o para que puedan decir otra cosa con la cara. “Otra cosa” significa demostrar su aspectos concurrentes, como en el cubismo. Lo que nos acecha, como en las ciudades. La totalidad de caras de una identidad que a su vez está quebrada por la mirada de los demás. Esa identidad siempre en problemas, no del todo definible, es producto también del arte del psicoanálisis, que venía del arte de la tragedia, que a su vez venía del teatro sin más (del fondo del arte). Habría también que ponerla en serie con otras dos artistas contemporáneas argentinas, Marcela Sinclair, Jime Croceri y Eugenia Calvo, para ver qué tienen en común y que ejercicio de triangulación de intenciones nos enseñan. 

 

Esta exhibición es una puesta en escena bien particular, donde los dimers, la tierra y el ADN nos enredan en un origen que no sabemos ni vamos a saber. Sabrina parece decir que el mundo al que se atienen la ciencia y el arte es un estropicio y que siempre lo fue. Que los datos y la manipulación de los datos son una conversación que los poderes tienen todo el tiempo y que no terminamos de escuchar. Sabe y nos cuenta que podemos agarrar algo de los elementos de esas conversaciones para comprender lo que no se puede dividir, que parece ser el origen, la naturaleza de las cosas; que incluye, por supuesto, al arte. Así, como un moño provisorio podemos recordar una frase hilarante del siempre citado Foucault, que sirve y no sirve para seguir, pero que sí sirve para el arte. No para reírnos con el arte sino para liberarnos de los que a fuerza de insistencia terminan por protocolizarlo. Alguna vez, hablando del origen, Foucault resumió todo diciendo que en el origen hay disparate. Hay dos cosas, disparidad, irresolución. De solo pensarlo tranquiliza y da curiosidad. 

Juan Laxagueborde 

Julio, 2024

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