La percepción de la distancia

Guillermo Mena

Texto:  Sofía Dourron

04.03.21 - 17.04.21

Como elefantes escuchando las nubes

¿Es ello cierto bajo esta luz
casi nevada de un jardín algodonoso
que flota, se abre, y ciérrase sobre las calles solas
en una fantasía toda infantil de pura?
El pueblo bajo las nubes, Juan L. Ortiz

En el medio del desierto del Namib una manada de elefantes se detiene abruptamente, al unísono, despliegan sus orejas y giran sus cuerpos colosales en la misma dirección, no están asustados, están escuchando las nubes. Hay muchos animales e insectos que tienen la capacidad sensorial de anticiparse a los fenómenos climáticos, en un sentido humanx, predicen el clima, especialmente las tormentas. Los pájaros y las abejas desaparecen de los jardines horas antes de que llueva, las hormigas coloradas refuerzan sus hormigueros formando pequeños montículos de tierra, los mosquitos pican con mayor ferocidad. Los estudios sobre la capacidad auditiva de los elefantes han demostrado que estos animales pueden percibir frecuencias tan bajas como el movimiento de las nubes a cientos de kilómetros de distancia, y así predecir dónde lloverá y dónde podrán encontrar el agua que necesitan para sobrevivir.

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En cambio, desde el origen de la humanidad, lxs humanxs hemos elegido mirar al cielo,
y no solamente para predecir el clima. Observamos las estrellas y los planetas con laboriosa
obsesión, creamos cartas astronómicas y supimos que la Tierra era redonda. Miramos
las estrellas para entender dónde estábamos parados, para trasladarnos, para navegar y hasta para conquistar tierras ajenas. Desde que descubrimos la agricultura, observamos el cielo y la posición de los astros para llevar cuenta del paso del tiempo y planificar cosechas. Durante siglos, gran parte del trabajo de los observatorios astronómicos.

Occidentales estuvo dedicado a mirar el cielo para saber con precisión la hora del día y así organizar el funcionamiento de la sociedad, el trabajo y la producción. Otras formas de observar el cielo organizan no sólo el funcionamiento de una sociedad, sino también su vida espiritual, religiosa y cultural. Hace 300.000 años que lxs humanxs miramos al cielo para poder sobrevivir en la tierra.

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Las nubes han sido, a lo largo de la historia de la observación del cielo, un fenómeno escurridizo, difícil de asir, especialmente para la ciencias ansiosas por nombrar y clasificar. A la ciencia que motorizó la iluminación le llevó más de un siglo colonizarlas. Las nubes, adornos cambiantes, mutantes, que cuelgan del cielo y pueden desaparecer de un segundo a otro, se resistían a ser contabilizadas y nombradas. No fue sino hasta 1803, cuando el joven farmacéutico inglés Luke Howard, un aficionado a la observación climática, publicó su Sobre la modificación de las nubes que se logró establecer un lenguaje internacional para nombrar las nubes, uno que finalmente trascendía su naturaleza transitoria. Así, aquello que antes se desvanecía en el aire sin materializarse en una palabra, comenzó a llamarse cumulus, stratus o cirrus, o una combinación de las tres categorías anteriores: nimbus, la nube rechoncha y cargada de lluvia.


La comunidad científica tardó décadas en aceptar estas categorías, necesitaba evidencia material y concreta: necesitaba imágenes que declararan su veracidad y se pudieran acumular en forma de conocimiento científico. Albert Riggenbach fue el primero en capturar con éxito la imagen de las cirrus, y uno de los creadores del primer Atlas Internacional de Nubes en 1896, en el que figuraban 28 láminas en color acompañadas de definiciones y descripciones de nubes, además de instrucciones para su observación en tres idiomas: un hito de la globalización temprana. Una vez capturada la primera nube ya no hubo vuelta atrás. Desde ese momento toda nube fue global, estática y una combinación de hasta tres categorías posibles. La fantasía pura e infantil se desvaneció entre las páginas del atlas y ya ninguna nube pudo ser única e irrepetible.

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En la actualidad lxs científicxs siguen mirando las nubes, sin embargo, aquella mirada ávida e imperial del siglo XIX ha sido reemplazada por una búsqueda frenética, diría, incluso, desesperada. Los laboratorios reproducen nubes en grandes cámaras de vidrio, las simulan en modelos climáticos y calculan proyecciones kilométricas, tratan de entender el rol que juegan en la atmósfera y cómo van a reaccionar al cambio climático. Hay quienes buscan usar las nubes como cámaras de enfriamiento para la Tierra, otrxs preocupados por el efecto incierto de las radiaciones cósmicas en nubes y aerosoles, muchxs están preocupados por la retroalimentación entre el cambio climático y la reducción de las nubes en la atmósfera.
 

Todxs lanzan satélites a la estratosfera con la esperanza de romper el círculo vicioso del progreso, ese círculo que los ha ubicado en sus laboratorios, arropados en batas blancas, observando el caos que el progreso ha creado. Y quizás lo logren, quizás logren enfriar la tierra. O quizás no.

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Pero, ¿qué pasaría si, en vez de registrar las nubes en atlas internacionales e imágenes satelitales, sólo guardáramos de ellas la huella que deja el cambio? ¿qué pasaría si, como los elefantes, además de mirar las nubes, las escucháramos? Si les permitiéramos ser efímeras y únicas, si sintonizáramos nuestros sentidos y nuestros cuerpos a sus movimientos algodonosos. Si en vez de mirar con los ojos, miráramos con todos los sentidos. Anna Tsing llama a esto el “arte de notar,” o quizás el arte de prestar atención. En esta época que los geólogos han llamado el antropoceno, en que la transformación humana de la Tierra supera a todas las fuerzas geológicas, no podemos más que notar la precariedad y la indeterminación que nos rodean. Podemos observar los efectos de nuestra existencia, pero también podemos escucharlos, abrazar sus ritmos, dibujar sus patrones en hojas blancas de papel. Podemos, quizás, aprender su fragilidad.


04.03 – 17.04.2021 La percepción de la distancia
Guillermo Mena

Sofía Dourron

Buenos Aires, marzo 2021