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ARTISTAS

ANDRÉS WAISSMAN

1955, Buenos Aires, Argentina

ANDRÉS WAISSMAN

OBRA

 

BLANCO Y NEGRO

Delante de una nueva muestra de un artista, la primera pregunta es acerca del itinerario, de cómo se llega a esta obra actual, última. El antecedente inmediato está aquí mismo, y su presencia es testimonio. La serie anterior de Andrés Waissman, Viruta, estaba ya preñada de esta pintura. Su materialidad tridimensional y uterotópica tensionaba la utopía del progreso, hasta evidenciar su falla. Aquella serie de viruta(s)/matrices/matrix, con su doblez de endométrica hospitalidad e  inclemencia urbano-industrial, se develaron sensibles al tiempo, oxidables, descarte. El artista nos las dio a ver de cerca, y entonces, sus filamentos rizomáticos y filosos, sus conglomerados y marañas evidenciaron la naturaleza de la ciudad posmoderna ya saturada e irrespirable. Si alguna vez esos nidos de metal semejaron estancias de cobijo, fue solo algo necesario, un primer momento para luego mostrarnos el efecto del uso, el desgaste, las nuevas condiciones de la experiencia. El progreso no siempre fue avance. 
El mismo eco de la obra de Waissman es el que pudimos apreciar hace unos meses en Buenos Aires en la obra de los fotógrafos de la escuela de Düsseldorf, ciudades ciclópeas y devoradoras que como las virutas, perdieron el centro porque se identifican con el territorio que ocupan.  La serie de las Multitudes, que señalaba la dispersión extensiva del hombre errante,  dejó su lugar a Viruta que, (como May Day de Gursky) marca la proximidad forzosa, y aunque parezca paradójico produce la misma asfixia que los espacios vacíos –de gente, de sentido-  que vemos en las fotografías de Candida Hofer. 
La palabra que mejor da cuenta de lo urbano, de lo fabril, de lo moderno y su desgaste es sin duda la que nombra topológicamente lo más verdadero de Multitudes y Viruta: densidad. Dispersa en el primer caso y bajo presión en el segundo, coexistencia siempre de un número indefinido de partículas y centros de acción. Superación extrema del  romanticismo de la cercanía con el que los moralistas modernos han querido explicarnos la abertura del sujeto hacia el Otro. 
El filósofo alemán Peter Sloterdijk sostiene que por dentro y por fuera de la cultura esférica global han surgido artistas capaces de metaforizar el nuevo estadío de la condición humana. Muchos, dice el filósofo sin dar nombres propios, en la periferia. El arte de Waissman, tiene esas cualidades que lo incluyen en la lista sloterdijkiana: “espumas multiesféricas  -que en este sitio de la periferia es viruta-  que interfieren en el aislamiento atomizador, multiplican la diversidad de las conexiones, la constante movilidad de los puntos conectados, y que potencian la irregularidad de la estructura totalizadora global. Habitar en la espuma desde las periferias significa que la idea misma de sociedad global resulta cuestionable, implicando una visión exterior a la burbuja propia, desde fuera de una totalidad estructurada, organizada y supuestamente inteligible.”
Desde esa mirada del borde argentino a lo global, surge FONDO DE OJO, con la fuerza de lo que ha madurado, su belleza convulsa, volcánica, reverberando en blanco y negro. Absolutamente contemporáneo, este trabajo es menos escena, más acto. Imposible no sentir el latido de un mundo desplegándose.  Andrés Waissman como el sabio Tiresias, es vidente y ciego. Como ciego, pinta esa otra parte, ese otro saber que se diluye en las mistificaciones del ojo,  como vidente ciego parece compartir con el ocultismo –y acaso también con buena parte de la poesía: aquello de que la zona oscura de la verdad también, a su modo, ilumina al mundo. Sólo que esa verdad hay que verla con otros ojos que los ojos. El pintor ha cegado sus ojos a la obviedad, lo oportuno, lo conveniente, y en ese repliegue  abre/pinta sobre el mundo otra mirada, menos sumisa a la luz de los hombres y sus cuestiones, menos esclava de las veleidades de la luz pública. Refugiándose en el estrecho rincón de su intimidad, apartado de la justiciera luz de la razón común, mientras más penetra en la oscuridad, más iluminado va. Cada tela, entonces, como contracción de una pupila dilatada, es potencia de un mundo. La riqueza analógica de los resplandores parece cincelar cada iris con la fuerza del rayo. Mutación anterior a la palabra, mutación de fantasías arcaicas desbaratan todo artificio a fuerza de luz. Animales mitológicos de formas extrañas, emergen de las sombras, como de la caverna platónica. Y el alma del artista, como la del que mira, se vuelve cera tibia donde esos animales/monstruos/formas, pueden hacernos saber algo de nosotros mismos. 
 El aura nocturnal de estos cuadros es el estado anímico del sueño que precede al acontecimiento que une el grito primitivo a lo fundacional de un lazo social que todavía no cuaja. Lo innominable obrando contra la nada. La exquisita factura técnica de la obra amalgama sobriedad y riqueza. No escatimar el material, dedicarle lo mejor evitando todo resto, es expresión de un belleza justa. Y en ese sentido Waissman vuelve sobre sus pasos pero de forma renovada, puede ser el pintor contemporáneo y a la vez seguir sosteniendo la ética de sus imágenes poderosas. Si sus cuadros de principios de los ochenta nombraban ya lo innombrable del genocidio, si en pleno tiempo de derroche sus multitudes interrogaban acerca del destino de los excluidos, esas palabras no quedan fuera del silencio de esta obra.  Porque el inconciente óptico, permite ver (mostrar que ve), justamente lo invisible, todo aquello que se sustrae a la representación -el acontecimiento, el glorioso despliegue de la diferencia-. Ante el  fondo de ojo, lo visto cede, para que -como un segundo obturador-, se pueda introducir en esa instantaneidad precaria y fugaz el tiempo interno del relato que recarga a la imagen con la fuerza del mito, con el potencial simbólico que le otorga la fuerza de instituir mundos.  
Andrés Waissman es un artista que conoce también de geología; de la mutación de las capas sucesivas de memoria en arte ético. Sabe que sólo puede haber sociedad si las llagas de la historia esculpen la retina y se dejan pintar, así: simples, potentes y bellísimas, como pliegues de porvenir, explosiones iniciales, movimiento, oleaje, estremecimiento, Big Bang.  Terrible e irresistible vicio el de Andrés Waissman, de situar en la pequeña puerta de lo instantáneo esos  no-lugares en los que, justamente, hacer pensable el advenir y la apertura de "otros mundos posibles".

 

MULTITUDES

 

El escenario de las multitudes es siempre diverso, pero en algún punto es siempre el mismo. Es el territorio de la silenciosa expresión popular y el nomadismo, del éxodo y la búsqueda permanente. Dentro de esos márgenes, los sitios varían: estadios de fútbol, barcos, desiertos. Para las multitudes son siempre sitios pasajeros: lugares de paso, transitorios, “no-lugares”, como los describe Marc Augé. 
Se ha señalado con frecuencia la incertidumbre de estas muchedumbres, su peregrinaje errante y sin rumbo, su emergencia como signo de la disolución del individuo y su capacidad para la acción. Se ha interpretado también el desierto a su alrededor como un mundo de devastación, yermo y hostil; como el escenario de un destino nefasto o una pulsión inmovilizante. Si bien estas observaciones no son del todo erróneas, e incluso pueden ser convalidadas por algunos textos del artista, es posible postular otras lecturas no menos relevantes.
Por una parte, las multitudes se hallan siempre en movimiento. Si ellas representan el mundo, entonces el mundo según Waissman no es una entidad estática sino dinámica, un territorio en cambio permanente. Y ese cambio está promovido por la voluntad de la multitud; no es el resultado de la contingencia o el azar. Si el artista ha planteado alguna vez en sus textos las aristas oscuras de la realidad contemporánea, sus pinturas nos ubican frente a una voluntad de cambio, persistente y tenaz. Por eso es quizás excesivo pensar que las multitudes se mueven en un entorno desolador; en todo caso, habitan un terreno en el que se avanza con dificultad.
Por otra parte, los desplazamientos, los nomadismos y las migraciones son los protagonistas de gestas heroicas (pensemos en el éxodo jujeño), del nacimiento o crecimiento pueblos y naciones como la nuestra, de la búsqueda de la tierra prometida. Ninguna de estas situaciones se ha dado sin penas y dificultades, sin voluntades y sin luchas. 
Las pinturas de Waissman encarnan un discurso agónico, una narrativa de conflictos y contiendas que son al mismo tiempo relatos de esfuerzo y compromiso. A través de aquél, el autor asume una perspectiva concreta en relación al mundo que retrata; sus pinturas no son meras crónicas de acontecimientos ficticios, sino un verdadero posicionamiento frente al mundo contemporáneo expresado en el lenguaje de las imágenes plásticas.
En una conocida entrevista, Claude Lévy-Strauss señaló cómo el impresionismo fue testigo de un universo que desaparecía, la expresión de una vida sepultada en el crecimiento de las ciudades y en la violenta transformación de la experiencia urbana. El posicionamiento de Waissman es, quizás, el opuesto. Antes que un universo en desaparición, Waissman plasma un mundo que aparece, situaciones cada vez más presentes e ineludibles que exigen la reflexión y la mirada. Su pintura no es complaciente ni evasiva; es, por el contrario, urgente. 
Es altamente significativo que el artista haya comenzado a trabajar con las multitudes muy poco tiempo antes que el concepto de multitud sea uno de los más vitales y ricos en la teoría política contemporánea. En contraposición a la idea de masa, que describe a un conjunto de seres indiferenciados caracterizados por su generalidad y anonimato, el concepto de multitud se refiere a un grupo humano en el que se mantienen las diferencias y particularidades de los miembros que lo componen. La multitud no niega al individuo; articula su capacidad de acción de una manera singular, propiciando la actividad conjunta a pesar de las diferencias individuales. El concepto ha adquirido una importancia capital en el pensamiento político actual porque permite pensar la posibilidad de una acción política y de transformaciones sociales radicales sin la exigencia de un sujeto político unificado que comparta una única ideología.
Esta perspectiva refuerza los argumentos contra la indiferencia y el anonimato en las multitudes de Waissman. Su permanente voluntad de movimiento y cambio les confiere un rol activo frente al entorno que las rodea. Es importante recalcar también que frente a los conflictos del mundo actual, Waissman ensaya una respuesta colectiva, comunitaria, recuperando una instancia política frecuentemente eludida en los discursos de la postmodernidad. En el mismo sentido podría comprenderse su evocación de la historia, la memoria, el relato literario o poético....

Rodrigo Alonso

CARTOGRAFÍAS COLECTIVAS