AFELPADA
Julia Padilla

Nos ahogamos al tocar seco y el aire se insonoriza. ¿Babeamos adentro de un pozo, o la tierra nos tapona? Recolectamos cosas que encontramos en las partes blandas de la costa. Tomamos baños termales para absorber sal. Respiramos monóxido de carbono, reptamos vomitadas y desvanecidas por la vereda de laja; nos meamos, pedimos auxilio, nos entuban y alimentan con sondas.

    Tocamos y aprendemos, y todo parece simple así.

    Incubamos lastimaduras nuevas, rasguños profundos y rosas que tenemos en común. No atraen al dolor, no tienen olor ni cura. Albergan organismos que viven en comunidad; especies imprecisas que se preparan para la autosuficiencia, que se comprimen en una misma memoria: atesoran un secreto entrecortado, de generación en generación. Intentan descifrar su propia apariencia, modifican la composición de nuestras pieles, mutan rápido, y ganan territorio.

    Esperamos mucho para estar enfermas, para reducir el pulso y la vitalidad.

    Hacia la superficie de contacto se dirigen nuestras manos. Paramos de hablar para escucharnos. Seguimos ese impulso cabal, dejamos a nuestros pies seguir nuestras manos; a las manos interrumpir la humedad que sostiene el aire. Nos figuro monocelulares, escuchando lo inaudible, con ojos con filos para lo oscuro y mapas de temperatura.

    Los descuidos matan; baja el sol y vienen los bichos.

    

    

Alberto Antonio Romero. Febrero de 2020